WOKISMO: DIVIDE ET IMPERA

Parece que ya nadie recuerda aquellos cuatro duros  días de agosto del 2011 cuando en el corazón del imperialismo británico, su capital y otras muchas urbes inglesas, ardieron en medio de una auténtica revuelta de masas, escenario que empieza a ser ya habitual en Europa en los últimos tiempos desde el incendio de las banlieues francesas en el otoño de 2005.

Retrotrayéndonos en el tiempo, aquellos disturbios se iniciaron en el barrio londinense de Tottenham el 6 de agosto, tras el asesinato de Mark Duggan, un joven de 29 años padre de cuatro hijos, de «raza» negra, que murió por disparos de la Policía Metropolitana de Londres. Son varias las causas por las que se intentaron explicar los posteriores desórdenes. Prensa y políticos de todo pelaje sugirieron distintos factores de trasfondo que variaban en función del enfoque dependiendo de a quién se le asignara la responsabilidad de los hechos. Las causas iban  desde el nivel de pobreza, el desempleo, una supuesta baja movilidad social en la sociedad inglesa, hasta una descomposición social evidente, ciudades llenas de guetos endogámicos, en la que se desarrolla una «subcultura delictiva» que vería en la violencia de pandillas un problema determinante. El racismo centró casi la totalidad del mensaje subsiguiente.

No nos corresponde a nosotros marcar la diferencia étnica, nacional o cultural de los participantes en los incidentes como hace la prensa sistémica y las organizaciones de la izquierda wokista y revolucionaria postmoderna metiéndonos en su «trampa de la diversidad», pues la revuelta inglesa nos mostró gráficamente el mejor mentís a este tipo de campañas propagandísticas disgregadoras, como son las imágenes de los millares de rebeldes en los que se apreciaban todas las tonalidades de piel, abundando significativamente la blanca. Y es aquí precisamente donde  reside lo que debe comenzar a llamar nuestra atención, esto es, cómo contrarrestar la propaganda globalista sobre la multiculturalidad y el cosmopolitismo, que, junto a las variadas “identidades” sectorializadas e individualizadas pretenden trocear en múltiples problemáticas parciales y en miles de sujetos fragmentados y enfrentados entre sí, lo que no es sino una sola clase que reclama una solución a su problema central, el capitalismo, aunque éste se manifieste fenoménicamente de multitud de formas.

«Divide et impera» en nuestra tierra vasco-navarra

«Divide et impera» es la consigna que resuena tras la cándida expresión de la multiculturalidad y este falso  cosmopolitismo, lo cual, por supuesto, no implica que una organización de izquierda soberanista y anticapitalista no deba ser sensible a las problemáticas culturales del trabajador o trabajadora inmigrante, ya que no existe una clase trabajadora internacional per se, a no ser que, se la describa desde una perspectiva exclusivamente economicista claro, sino que ésta, se expresa a través de los distintos marcos étnicos, culturales o religiosos en las que se desarrolló y puede generar más o menos fricciones, dependiendo del lugar de procedencia, con la clase trabajadora autóctona. Tampoco se trata aquí como pretenden algunos y algunas, de enfrentar un supuesto «multiculturalismo proletario» al «multiculturalismo burgués», sino comprender la diversidad étnica,  cultural y religiosa para, desde la misma, garantizar nuestra supervivencia como pueblo y facilitar la fusión bidireccional desde el respeto, con los distintos sectores que conforman el hondo y profundo sentir de las clases trabajadoras vasco-navarras y de las de las distintas nacionalidades y pueblos que han llegado a nuestro País en busca de un futuro mejor, es decir,  la fusión no sólo es exigible a la clase trabajadora autóctona sino que también depende de las inmigrantes como se demostró a lo largo del siglo anterior con los miles de trabajadores inmigrantes llegados desde territorio español a tierras vasco-navarras en el pasado siglo.

Conclusión y final

Lo que podemos aprender tras los disturbios en Inglaterra es que no son los recortes del presupuesto social, el racismo o la xenofobia las causas que provocaron la revuelta inglesa, sino que ésta era la expresión más dura del agotamiento del capitalismo occidental y de su descomposición histórica que va dejando, como subproducto, un reguero de desestructuración  entre los desposeídos y que provoca una violencia de destrucción material  íntimamente unida a una absoluta ausencia de cualquier reivindicación material, étnica o cultural concreta por parte de los rebeldes. Este sólo hecho ya demuestra que no son sólo los sectores de la clase trabajadora inmigrante, en paro, precarizada o sin papeles,  la protagonista de aquellos hechos sino que amplias capas de la clase trabajadora autóctona, en paro, precarizada o sin derechos,  también se vio abocada a las aplastantes alcantarillas del bienestar, donde los códigos y las convenciones políticas, sociales y morales de la democracia burguesa se disipan y donde la ley del gueto marca su implacable marcaje de desclasamiento y marginalidad.

Poco importa ahora, a efectos de caracterización y comprensión del fenómeno, a los que distintos autores han intentado acercarse y que se hallen más o menos próximos al marxismo. Lo importante es que estos graves incidentes nos dan algunas pistas de lo que hemos visto manifestarse real y materialmente en las calles de Londres y otras ciudades inglesas, esto es, que amplias capas de la clase trabajadora son expulsadas “del campo social estructurado”, donde ayuntamientos, ONGs, parlamentos, sindicatos, convenios, partidos sistémicos o revolucionarios wokistas, no son un lugar de confluencia política. Y les hemos visto ejerciendo la “justicia-venganza inmediata”, desde “cualquier sitio”, como “medio sin fin”, como «rebeldes sin causa», “destruyendo los límites y el derecho sin buscar fundar uno nuevo”, es decir, una violencia que acaba en sí misma, sin pretender que sea un medio para una serie de reivindicaciones. Unas reivindicaciones concretas que a buen seguro,  los revolucionarios wokistas se encargarán de confeccionar a los rebeldes allá donde surjan y que presuponen al Estado como contraparte aceptada y legítima, con la que negociar y acordar un nuevo marco social o político consensuado, es decir, dentro de los límites de ese mismo Estado fundado sobre las relaciones capitalistas.

Autor  D.G.G.